¿Porqué mis experiencias
no son para todos?
Hay lugares que apenas los pisas y algo dentro de ti cambia. No sé exactamente cómo explicarlo, pero lo siento: la respiración se vuelve más profunda, el cuerpo se relaja y aparece esa emoción de estar justo donde quieres estar y me encanta cuando eso sucede, el silencio, caminar sin prisa, escuchar mis pasos y sentir el viento en la cara. Son esos momentos en los que siento que el lugar y yo estamos hablando de alguna manera, y todo lo demás deja de importar por un instante.
Pero también existen lugares hermosos en los que no puedo disfrutar de la misma manera. Paisajes que parecen perfectos en una fotografía, pero que entre el ruido, la gente y el apuro pierden algo para mí; no es el cansancio de la caminata, ni la dificultad de la ruta; es la energía que no fluye de la misma manera porque hay demasiado movimiento donde todo se dispersa y me agoto.
Cuando un lugar te habla
Esto lo he sentido desde mucho antes de empezar a crear experiencias, cuando todavía viajaba por escapar de todo, pero buscaba conectar con la naturaleza porque siempre he creído que cada lugar tiene su propia energía y que nosotros también llevamos la nuestra.
Lo he sentido con mucha claridad en mis últimos viajes, al ver ese mar de nubes, el sonido de la mañana o caminar entre ese extenso pajonal dorado, donde todo esta tranquilo y lleno de vida a la vez. Es ahí cuando pienso que esa experiencia no se viviría igual con cincuenta personas, no porque el paisaje cambiara, sino porque también cambiaría la forma en que lo sentimos.
Y hay algo más que es importante: el cuidado. Los lugares que nos regalan estos momentos también merecen nuestro respeto, por eso, un grupo pequeño permite disfrutar de ellos con mayor atención y no dejar ninguna huella.

Si a mí no me gusta, no te lo ofrezco
Cuando empecé a crear experiencias para otras personas, tuve una certeza muy sencilla: compartir desde lo que a mí me gusta, cuidando cada detalle de lo que sucede durante el camino.
Por eso, muchas de las decisiones que tomo en Almandina nacen de mi propia manera de viajar, de escuchar historias y conocer la cultura, pero todo parte de una pregunta muy simple: ¿yo disfrutaría vivir esto? Si la respuesta es no, prefiero no invitarlos, por eso hay lugares a los que no hemos ido.
Uno de esos, es precisamente famoso por algo que sí admito, me encanta: un atardecer bellísimo que se contempla desde un templo andino. Quizás ya se imaginan de qué lugar hablo, pero ¿Qué sentido tiene llevarlos a vivir un paisaje tan bonito si, al llegar, también tenemos que enfrentarnos a todo lo que lo rodea?.

Aquí no se trata de llenar un bus y no por exclusividad, sino para que cada quién se sienta visto, se conozcan, sea mucho mas cercano, como viajar con un grupo de amigos a quienes ya conoces desde hace mucho tiempo. Así la experiencia se vive con calma y todos somos parte del mismo camino, del mismo viaje.
«En Almandina no se trata solo de llegar a un lugar, sino de volver a casa sintiendo que algo dentro de ti también cambió»





