LAGUNA DE PIÑAN
El espejo escondido
de los Andes


Antes de empezar con esta historia quiero contarte algo, aquí no vas a encontrar únicamente datos de la Laguna de Piñán, quiero contarte esta travesía desde mi experiencia, desde todo lo que vivimos en el camino y desde esos pequeños detalles que muchas veces no aparecen cuando buscas información para organizar tu aventura. 

Esta travesía empezó en Urcuquí, en Santa Clara del Tablón, donde ya nos estaba esperando la camioneta que nos llevó hasta el registro de Gualaví. En este momento todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba por delante; solo sabíamos que estábamos por empezar una nueva aventura de 45km, kilómetros que decidimos caminar y quizá se pregunten ¿Por qué?, visitar este maravilloso lugar resulta costoso en cuanto al transporte y para dos personas era un precio bastante alto, asi que sin mucho que decir empezamos a caminar sin tantas pausas pero a la vez con esa intriga de saber si lo íbamos a lograr.

Habíamos caminado 7km cuesta arriba y con un gran peso en la mochila, mientras muchas motos pasaban saludando ya de regreso, pero a la altura de San Miguel, rodeado de todas las montañas y ese viento fuerte nos encontró una camioneta que ingresaba, y sii!! nos llevaron con ellos rumbo a Piñán, coincidir con este grupo se sintió como si nos hubiera mandado el cielo, porque en realidad de acuerdo al mapa, nos faltaba un montón y por primera vez en ruta, la mente me estaba jugando muchísimo y no sabía como decirlo.

Después de aproximadamente 2 horas atravesando toda la planada rodeado de hermosos ejemplares de toros bravos, nos encontrábamos ya en la comunidad de Piñán, donde viven aproximadamente 40 familias y se dedican a la elaboración del queso; aquí preparamos todo con el guía local: maletas en los caballitos y arrancamos el último tramo, una caminata de 1h30 hasta la laguna Tobar Donoso de Piñán.

Llegamos en la tarde y entre todos organizamos lo necesario para pasar la noche, mientras arreglábamos nuestro equipo de camping, iba cayendo la noche y el cielo comenzaba a llenarse de estrellas. 

Después de esa travesía, el cansancio no tardó en vencernos, a la mañana siguiente, nos despertamos frente a una escena increíble: la laguna parecía un espejo, con las montañas perfectamente reflejadas en el agua, aves recorriendo la orilla, caballos bajando a beber y hasta pequeños peces saltando sobre la superficie. Estar ahí es un sentimiento que no puedo explicar, fue un montón de emociones.

Una mezcla de sabores

El desayuno llegó con un sabor que no esperaba volver a encontrar: una trucha fresca, carnuda y deliciosa, de esas que me transportaron por un instante a mi niñez, me recordó aquellos tiempos en los que comer una trucha con ese sabor era casi un lujo, un pequeño regalo que se disfrutaba con especial emoción. Hacía tanto que no probaba algo así, que por un momento, más que estar en Piñán, sentí que había vuelto a una parte de mi infancia que creía olvidada. Y como si el camino todavía tuviera más recuerdos para regalarnos, en el regreso encontramos mortiños en abundancia, grandes, dulces y perfectos para seguir saboreando la montaña.

Con el corazón lleno y después de haber disfrutado cada momento, emprendimos el regreso, dejando atrás Piñán y todos esos paisajes que nos habían acompañado durante la aventura. Nos llevamos mucho más de lo que esperábamos: nuevos paisajes, sabores, recuerdos y momentos compartidos que difícilmente se olvidan. Sin duda, esta travesía terminó siendo mucho mejor de lo que habíamos planeado y regresamos a casa profundamente agradecidos. Porque al final, fuimos dos contra todo lo que el camino nos tenía preparado. Y sí, estoy segura de que mejor compañía de aventura no pude haber tenido.

«Piñán no es solo un destino: es caminar, encontrarte con la gente correcta en el 

momento correcto, y despertar frente a un espejo de montañas»